Por 20 años, madre colocaba ofrenda a su hijo sin saber que seguía vivo

I. Carolina Campos

Rafael, nombre ficticio de nuestro entrevistado originario de la sierra norte del Estado de Oaxaca, actualmente radica en un municipio cercano a la entidad poblana, en entrevista para Ojo Águila, nos platica parte de su historia en los 68 años que tiene de vida, padre de cinco hijos dos hombres y tres mujeres, casado y de oficio bolero (lustrador de zapatos), comparte para nuestros lectores el sentimiento que despertó en sus seres queridos, sobre todo en su madre que actualmente cuenta con 84 años de edad, quien cada año en día de muertos lo esperaba con su ofrenda sin saber que su hijo no había muerto.

“Salí de mi pueblo cuando apenas tenía yo 8 años, no había salido a ningún lado por eso no conocía de terminales y camiones que me llevaran a otra ciudad, por eso, cuando llegue a Puebla no supe como regresar, y si, si me preocupaba mucho que mi mamá no supiera de mí, pero pos como iba, si ni siquiera yo sabía dónde estaba o en qué lugar…”

“…En mi pueblo conocí a un señor que era bolero en Puebla, él era de allá de la sierra, no sé a qué fue pero un día me vio y me dijo, que si quería yo trabajar y ganar dinero, le dije que sí. Entonces yo andaba sin zapatos y muy amolada mi ropita, pos éramos ocho hermanos y mis papás muy pobres. No lo pensé dos veces y que me aviento, que me vengo con el señor que en paz descanse, él me enseño el oficio que hoy me ha dado para mantener a mis hijos. Me acuerdo que llegamos como a las 8 de la noche a su casa en Puebla, su esposa me dio de cenar y al otro día me llevo don Pablo al centro del estado a trabajar, me compró mi banco, mi cajón, mis pinturas y mis cepillos, y a darle…”

“…Los primeros días me ponía a llorar y llorar me acordaba de mi mamá y de mis hermanos, don Pablo me animaba y me decía que pronto los iba yo a ver y que entonces ya les llevaría yo dinero y muchas cosas, eso me animaba y me daba alegría de que pronto vería yo a mi mamá. A veces quería yo irme a escondidas para Oaxaca, pero como, si ni siquiera sabía yo llegar a la terminal, me daba miedo, y así pasaron los años sin saber yo de mi familia ni ellos de mí, por eso mi madre me dio por muerto y me ponía cada año mi ofrenda”.

Rafael reconoce y valora el oficio que le enseño don Pablo, quien no sólo lo enseño a trabajar, sino que también lo mando a la escuela, termino la primaria porque la secundaria ya no la quiso estudiar.

“Aunque el matrimonio tenían un hijo y una hija, don Pablo me trataba como si fuera su hijo, y que decir de su esposa, también era muy buena gente conmigo, me consolaba cuando me cachaba llorando por mi familia, más por mi madre, ella me abrazaba y me decía, no te preocupes hijo, junta tu dinerito y cuando vayas le das la sorpresa a tu mamá, se pondrá muy contenta, igual me animaba a estudiar y yo pos nomas siempre con el pensamiento puesto en mi madre, era lo que más me dolía, que ella sufriera y que pensara eso precisamente, que estuviera yo muerto…”

“…”Pasaron los años rápido y en mi trabajo de bolero a un lado de la catedral de Puebla, conocí a una muchacha, una de tantas, pero una que si me gustó mucho y pues me case con ella, hice mi familia, nacieron mis hijos y quise buscar a mi familia, busque la forma y me fui a Oaxaca, pos ya grande ya no me daba miedo perderme, al menos ya sabía leer, a mí no me gusto la secundaria. Sabe, llegue a mi pueblo y lo encontré igual no había cambiado nada, sólo mi familia si había cambiado de domicilio, el cuarto donde vivían se cayó y se fueron de ese lugar, lo bueno que había vecinos que igual se sorprendieron de verme pero que me dieron razón de dónde encontrar a mi mamá…”

“…La fui a buscar y si, si la encontré, más acabada, más triste y con mi retrato viejo en la repisa, ahí, ahí donde cada año desde el 28 de octubre y hasta el 1 de noviembre ponía mi ofrenda y me rezaba, casi se desmaya cuando me vio, por 20 años me creyó muerto, me dijo que a diario en día de muertos me ponía ofrenda porque no sabía si había yo muerto de accidente de niño o de adulto. Yo creo que sus rezos son los que me cuidaron y también hicieron de mi un hombre de bien. Hoy me siento bendecido porque mi trabajo me sigue dando para comer ya sólo para mi esposa y yo, y para llevar al médico a mi madre que ya vive conmigo”.

En la plática a nuestro entrevistado por momentos se le llenaron los ojos de lágrimas y por momentos reía mientras acomodaba su banco, sus tintas y cepillos para continuar con su trabajo en el parque de uno de los municipios más grande de Tlaxcala.

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