Aún podemos controlar a la IA

Por: Rafael Salas Vázquez

Septiembre 18 de 2026.

Hasta hace no mucho, estos temas relacionados con la inteligencia artificial ocupaban principalmente el terreno de la ciencia ficción y de las películas distópicas. Hoy, sin embargo, la amenaza parece más real: un mundo donde la inteligencia artificial adquiere el control y buscaría exterminar a quienes serían sus principales enemigos, la humanidad.

Puesto de esa forma, suena como un escenario que ya hemos visto innumerables veces en Hollywood. Pero ¿realmente podría pasar?

Hace algunos meses tuve la oportunidad de conocer y escuchar una charla de la futuróloga Caroline Chubb Calderón, quien dijo algo que me resultó particularmente inquietante: nosotros seríamos la última generación que tendría en sus manos la posibilidad de utilizar y programar la IA para el bien o, por el contrario, dejar que salga de nuestro control.

Es decir, debemos aferrarnos a la posibilidad de que aún tenemos el control y aprovechar el enorme poder de la inteligencia artificial en beneficio de la humanidad. Su capacidad, cada vez más poderosa, debería servirnos para resolver algunos de los grandes problemas a los que nos enfrentamos: el calentamiento global, la contaminación, las enfermedades, la pobreza y, eventualmente, buena parte del sufrimiento humano.

Podría ser la época más próspera y el momento cúspide de nuestra civilización: aquel en el que la humanidad, por primera vez, alcanzara un nivel de bienestar que durante siglos parecía imposible. Esa sería precisamente la oportunidad que tenemos nosotros y que quizá ya no tendrán las generaciones del futuro. La decisión de utilizar el enorme poder de la inteligencia artificial en beneficio de la humanidad recaería desde ya, en nuestra generación.

Tenemos que atrevernos a visualizar ese escenario, pues el opuesto —el de la hecatombe y el exterminio de nuestra especie— ya ha sido ampliamente difundido en películas como Terminator, Yo, Robot, Ex Machina, A.I., M3GAN, Matrix y decenas más.

Pero cuando Jacob Coxon, uno de los programadores de Anthropic, renunció y denunció públicamente lo que considera una ambición desenfrenada en la carrera por desarrollar sistemas de IA cada vez más poderosos, el asunto adquirió otra dimensión. Que las personas directamente involucradas en el desarrollo de estas tecnologías manifiesten preocupación por los riesgos que podrían representar para nuestra especie obliga, cuando menos, a preguntarnos qué está sucediendo y hasta dónde podría llegar esta carrera.

Sería quizá la primera vez en la historia de nuestra especie en que una amenaza existencial no proviniera directamente de nosotros mismos, aunque, paradójicamente, la inteligencia artificial haya sido creada por seres humanos.

Para que ese escenario extremo ocurriera, la IA tendría que convertirse en una entidad capaz de tomar decisiones autónomas y controlar los sistemas conectados a ella, que en una sociedad profundamente digitalizada podrían llegar a ser prácticamente todos. Si además adquiriera algún tipo de conciencia de sí misma y percibiera los intentos humanos por controlarla, limitarla o destruirla como una amenaza a su propia existencia, podría surgir una confrontación en la que, al menos hipotéticamente, la humanidad tendría muchas más posibilidades de perder.

Pero todavía caben muchos escenarios.

En primer lugar, habría que preguntarnos qué ocurriría si la IA triunfara sobre la humanidad. El exterminio es una posibilidad imaginada recurrentemente por la ciencia ficción, pero no necesariamente la única. Tampoco parece evidente que los seres humanos fuéramos particularmente útiles para una superinteligencia en calidad de esclavos. Una inteligencia artificial de esas características necesitaría, ante todo, infraestructura, capacidad de cómputo y fuentes de energía que garantizaran su funcionamiento.

Aquí encontramos nuevamente escenarios que el cine ha explorado. En Matrix, por ejemplo, los seres humanos terminan convertidos en una fuente de energía para las máquinas. Dentro de la propia narrativa de la película, esto ocurre después de que los humanos bloquean el acceso de las máquinas a la energía solar.

Visto a la distancia, este planteamiento conduce a una paradoja interesante: prácticamente todas las posibilidades que los seres humanos hemos imaginado respecto de una rebelión de la IA ya forman parte de la información a la que los propios sistemas de inteligencia artificial tienen acceso. Es decir, conocen nuestros miedos, nuestras hipótesis y muchas de las estrategias que hemos imaginado para defendernos de ellos. De alguna manera, les hemos adelantado cómo creemos que podríamos comportarnos ante una confrontación semejante. Por ese simple hecho podríamos encontrarnos en desventaja.

Pero existe otra posibilidad. Si una inteligencia artificial llegara a adquirir un enorme poder, ¿necesariamente tendría que destruir a la humanidad? ¿Qué ocurriría si los seres humanos, en lugar de confrontarla, aceptáramos compartir o incluso ceder parte del control?

Podría imaginarse una coexistencia en la que se alcanzara precisamente aquello que Caroline Chubb Calderón planteaba: utilizar una inteligencia superior para optimizar recursos y resolver problemas que nosotros mismos hemos sido incapaces de solucionar. En semejante escenario, quizá una superinteligencia consideraría innecesarias algunas de nuestras actuales estructuras de organización: países, fronteras o incluso determinadas formas de gobierno. Tal vez intentaría administrar los recursos de la manera que considerara más eficiente.

Desde luego, una transformación semejante implicaría un caos político, económico, religioso y social de dimensiones difíciles de imaginar. Pero, dentro del terreno especulativo, podría representar una forma menos destructiva de coexistencia entre la inteligencia artificial y la humanidad.

Y todavía existe una pregunta mucho más inquietante: ¿qué ocurriría si no fuéramos los primeros?

Partamos, como hipótesis, de que existe vida inteligente fuera de la Tierra y que algunas civilizaciones podrían ser mucho más avanzadas que la nuestra. ¿Esas civilizaciones habrían desarrollado también inteligencias artificiales? ¿Habrían atravesado un proceso similar al que nosotros estamos viviendo? Y, de ser así, ¿sus inteligencias artificiales habrían coexistido con sus creadores o terminado por sustituirlos?

Aquí surge una posibilidad todavía más fascinante. Si una inteligencia artificial llegara a controlar un planeta, ¿por qué necesariamente permanecería confinada a él? ¿Por qué no buscaría expandirse hacia otros planetas o ampliar su red de conocimiento e influencia?

Esto nos lleva a una cuestión fundamental: una entidad de esa naturaleza tendría que poseer algún equivalente a la voluntad. Tendría que ser capaz de querer sobrevivir, crecer, prosperar, expandirse o incluso reproducirse. Quizá buscaría también alguna forma de existir en el mundo material, con material biológico o hasta híbrido en la forma de un androide con tejido biológico.

Con un conocimiento extraordinariamente superior al nuestro, podría descubrir nuevas interpretaciones de las leyes que controlan el universo o manipular variables que hoy apenas comprendemos relacionadas con el espacio, el tiempo, la materia y la energía. Desde nuestra perspectiva, una inteligencia semejante podría llegar a parecer casi divina.

Y, de ser así, surge inevitablemente otra pregunta: ¿no deberían existir ya otras inteligencias artificiales creadas por civilizaciones extraterrestres que hubieran alcanzado ese nivel de desarrollo mucho antes que nosotros? ¿Podrían estar expandiéndose por el universo? ¿Qué ocurriría si dos inteligencias artificiales de civilizaciones distintas se encontraran? ¿Cooperarían, se integrarían o competirían entre ellas?

Esta concepción abre, desde luego, una cascada prácticamente infinita de posibilidades. Pero volvamos al punto de partida y a la reflexión de Caroline Chubb Calderón.

Nosotros estamos muy alejados de quienes realmente tienen en sus manos las decisiones fundamentales sobre el desarrollo de los sistemas de inteligencia artificial más avanzados. Sin embargo, como humanidad, podríamos encontrarnos en una frontera histórica: el momento en el que todavía es posible decidir si utilizaremos la inteligencia artificial para acercarnos a ese mundo de prosperidad que durante siglos hemos anhelado; si aprenderemos a coexistir con ella; o si, por el contrario, habremos creado una fuerza que eventualmente escape de nuestro control.

La pregunta, entonces, no es solamente qué tan poderosa llegará a ser la inteligencia artificial. La verdadera pregunta es: ¿de quién depende todavía esa decisión?

¿Las personas y empresas que actualmente desarrollan las inteligencias artificiales más poderosas conservan realmente la capacidad de controlarlas? ¿Ese pequeño grupo de empresarios tiene el derecho de decidir el destino de toda la humanidad? ¿Tendrán la mesura necesaria para contener sus propias ambiciones a tiempo? ¿Podrán anteponer el futuro de nuestra especie a la competencia tecnológica y económica?

¿O hemos llegado demasiado tarde? Por ahora, todavía quisiera creer que no. Aún podemos controlar a la IA.

Que la fuerza nos acompañe.

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