Pandemia: se aprende poco y mal

Bernardino Vazquez Mazatzi

Escritor y Periodista

La variante Ómicron del Sars cov-2 preocupa más a la comunidad científica y a los organismos internacionales relacionados con la salud y las finanzas, que al pueblo en general. Las masas estaban ansiosas de salir, de volver a la casi normalidad, estaban urgidas de retar a la pandemia y de demostrar al infortunio que se necesita más que una plaga mundial para vencer las ansias de libertad.

Así es que antes de que empezara a disminuir la gravedad de la epidemia global, la gente ya estaba en las calles. Pretextando una urgencia por trabajar, la necesidad por conservar o conseguir un trabajo, argumentando crisis de salud mental y física por el encierro y hasta padecimientos por claustrofobia, los ciudadanos salieron a las calles con el permiso o rechazo de la autoridad, con cubrebocas o no, con riesgos o sin ellos. El caso es que el contagio pasó a segundo término para los valientes, osados, irresponsables o temerarios humanos.

De todos modos, el llamado del gobierno por el encierro no fue acatado inmediatamente, o no se aceptó de buen agrado y no se cumplió al cien por ciento como debió ser ante el riesgo de contagio. Muchos que se creyeron inmunes o inmortales negaron la existencia del virus y hasta acusaron al poder de tener motivos extraños para encerrar al pueblo y se dijeron depositarios de secretos universales que tenían que ver con intentos de aniquilamiento selectivo o indiscriminado para acabar con la pobreza, con los indígenas y hasta con los guapos.

De esa forma de testarudez, de negatividad, de desobediencia y estupidez se elevó el número de muertos, de contagios y se dio el colapso del sistema de salud de todo el mundo. En algunos países más que en otros, se registraron imágenes apocalípticas donde se veían personas muertas a media calle o que caían fulminadas a la entrada de los hospitales. Lo que sí es generalizado es que esta pandemia tomo desprevenidos a los gobiernos del planeta.

No hubo forma de hacerle frente a una plaga de esa magnitud pues la comunidad científica mundial no tenía nada para matar al bicho, ni la capacidad ho9spitalaria fue suficiente en ningún lado y la gente, el pueblo, la sociedad, la gente, no estaba lista para atender ni entender disposiciones que le cortaran la libertad de andar en la calle y mucho menos con tantas restricciones que lo hacían verse ridículo y vulnerable sin importar su pobreza o riqueza, su nivel de estudios o su riqueza o pobreza.

Y cuando los más escépticos, negativos, necios y opositores a la idea de una pandemia asesina rechazaban que el gobierno tuviera auténticos motivos por cuidar de la vida y salud de la gente, nos dimos cuenta que el coronavirus ya estaba causando estragos y arrasaba parejo lo mismo en barrios de pobres que en zonas residenciales y mataba lo mismo a obreros que a políticos y funcionarios, e igual a comerciantes y a empresarios.

Claro que de esa mortandad el pueblo siempre sabio e infalible no podía ni debería tener la culpa, sino el gobierno. La gente que organizaba bailes masivos, pachangas clandestinas, idas a la playa o a los centros comerciales no tenía ninguna responsabilidad sino el poder que por las noches rociaba el virus en aviones tratando de matar pobres y dejar estériles a hombres y mujeres.

El gobierno cerró las fábricas, pero la gente abrió los bares, el gobierno cerró las escuelas, pero los padres abrían los parques, el gobierno prohibió misas, bodas, quince años y bautizos, pero la gente organizó fiestas a escondidas, y entonces la gente llegó a saturar los hospitales, a colapsar los centros de distribución de oxígeno y a contagiar a médicos y enfermeras en medio del grito de repudio y reproches al gobierno por no proteger al pueblo de la pandemia…. El gobierno, el pinche gobierno insensible, irresponsable, indolente e inepto por cuya culpa murieron madres y padres dejando huérfanos y viudas y viudos que partieron de este mundo y sólo porque se fueron de pachanga, se fueron al baile, se congregaron en los parques y cines y se negaron rotundamente a usar cubrebocas y gel antibacterial.

Ahora llega una variante. Y vendrán más pues el virus muta constantemente. Y nuevamente la gente se niega a tomar medidas preventivas. En algunos países se repiten las imágenes del pueblo enfrentando a la policía que quiere protegerlos del contagio, de salvarles la vida. Hoy, como ayer, poco sabemos de nuestra obligación de protegernos, de impedir los contagios. Poco hemos aprendido y lo hemos hechos muy mal, aunque claro, la culpa es del gobierno.

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