¡Cómo si fuera la luna, pero no! Así lucen los últimos rayos solares de este año

Zhar Zuleiman
Cuando el sol reverencia por última vez en el horizonte de cada año, la tierra entera guarda silencio.
No es solo un atardecer, es el suspiro final de un ciclo que se despide, el eco dorado de cada uno de los 365 días aprendidos.
Los egipcios veían en este momento el viaje de Ra,
el dios solar que moría cada noche
para renacer con fuerza en el alba.
En su ocaso, el Nilo se teñía de oro,
y los sacerdotes entonaban cánticos
para asegurar su regreso.
En territorio actualmente de México, los aztecas, guardianes del tiempo solar,
ofrendaban al Quinto Sol
con danzas y fuego,
sabiendo que el universo pendía
de la voluntad de los dioses
y de la voluntad humana.
En los bosques del norte, los celtas
encendían el fuego de Yule,
celebrando el retorno de la luz
tras la noche más larga.
El último sol del año era un faro,
una promesa de renacimiento.
En el Japón ancestral,
el último día del año, Ōmisoka,
era tiempo de purificación.
Y al amanecer del nuevo ciclo,
el pueblo subía montañas
para recibir el hatsuhinode,
(“La energía”) del primer sol del año,
con reverencia y gratitud.
Hoy, aunque vivamos entre luces eléctricas
y relojes digitales,
el alma humana sigue sabiendo
que ese último rayo de sol
es un umbral sagrado.
Un instante suspendido
entre lo que fuimos
y lo que podemos llegar a ser.





